| 23/01/2012

Una Roca entre el Secreto y YO

Darío Ruiz de Domingo (alumno de 2º de ESO) / Actual Edu

Siguiendo la serie iniciada el curso pasado ofrecemos de nuevo un interesante texto realizado por uno de nuestros alumnos.

24-7:           

No sabía a dónde me llevaban. Era sorpresa. Y, por mucho que les intentase sonsacar algo, no me dirían nada. Ni siquiera mi hermana, que tiene la lengua más suelta que cualquiera de mi familia.

Odio los secretos, incluso los que son a mi favor, y no podía soportar no saber lo que iba a ocurrir.

Era de noche así que no se veía el paisaje. Decidí dormirme, ya que el viaje me resultaría muy largo si lo hacía despierto. Pero los asientos del coche eran incómodos y no pude. Estuve cerca de tres horas con los ojos cerrados, lo más calmado posible, intentando dormirme, pero fue en vano. Los nervios me mantenían despierto.

25-7:

Al abrir los ojos noté mi piel pegajosa. Era de madrugada y corría una agradable brisa que me despejó. Miré a mi alrededor y no vi nada más que montañas y algo de vegetación;  no árboles sino plantas bajas características de un desierto pedregoso. Olía a pescado fresco y había un sonido de fondo muy peculiar. Nos pusimos a andar.

Al cabo de un rato el suelo comenzó a cambiar; era arena. ¿Estaríamos en las landas, cuyo suelo es así? No, de haber sido así no podría estar en manga corta. El sol empezaba a calentar y lo que antes me despejó ahora me adormecía. Era una cálida mañana de verano. Al fin paramos. Mi hermana salió corriendo detrás de una roca. Mi madre me dijo: -¿A qué esperas?- y salí corriendo yo también.

La roca era más grande de lo que aparentaba y parecía que no iba a conseguir darle la vuelta nunca. Cuando me situé en el otro lado me quedé paralizado. Ante mí había una extensa masa azul en la que mi hermana flotaba. ¿Qué era? Tenía que averiguarlo por mí mismo. Salí corriendo pero al llegar me paré en seco. Estaba frío. Mi hermana me hizo un gesto para que me acercase y yo volví a correr. Pero era como si aquella masa no quisiese que llegase. El azul me envolvía y era difícil avanzar. Al fin llegué donde estaba ella.

            -Esto, es el mar.- me dijo, y se calló para que pudiese observarlo bien.- ¿Te gusta? Es lo que tantas ganas tenías de ver. Y se zambulló.

62 años más tarde:

Más tarde aprendí a nadar y ahora tengo una casa en la playa. Pero aquel día no sabía de qué se trataba y, pese a estar acostumbrado, sigue siendo mágico para mí. Cada vez a mi viejo cerebro le cuesta más recordar este día. Por eso lo he escrito. Para poder volver a vivirlo siempre que quiera.