| 20/06/2011

Una educación diferente para una sociedad en constante cambio

Susana Manrique Martínez (Adjunta a Dirección General de Centros NACE) / Actual Edu

Vivimos en un contexto donde la idea base de nuestra realidad es el concepto de globalización. El mundo está cambiando tan rápidamente que cada vez resulta más difícil saber qué conocimientos y habilidades concretas necesitaremos nosotros o nuestros alumnos en años venideros. Todos tenemos que estar preparados y dispuestos para afrontar con garantía cualquier eventualidad, así como ser capaces de prosperar en un mundo en el que la tecnología, el universo laboral, el estilo de vida y las costumbres están cambiando constantemente y a una velocidad mayor de la que, a priori, podemos pensar.

Durante generaciones nuestro sistema educativo ha estado potenciando únicamente la razón, el pensamiento lógico y analítico, produciendo millones de personas "escindidas", con grandes áreas de sus capacidades innatas sin desarrollar.  La educación del siglo XXI ha de ser más integral y cubrir las dimensiones físicas, mentales, emocionales y espirituales de las personas. Es decir, lo que entendemos por educación holística. Desde esta perspectiva el aprender holísticamente supone dotar al individuo de herramientas para aprender del conjunto, integradamente y de este modo desarrollar su potencial de aprendizaje. En este sentido el conocimiento más importante es el conocimiento de uno mismo, o "metacognición": esto implica el conocimiento sobre el propio funcionamiento psicológico, es este caso, sobre el aprendizaje.

En la enseñanza actual se incide en la idea de que el alumno ha de jugar un papel activo en su propio aprendizaje, ajustándolo a sus necesidades y objetivos personales. Por tanto, se aboga por introducir estrategias innovadoras  en los procesos de enseñanza que permitan al alumnado beneficiarse aprendiendo a utilizarlas desde el inicio de su formación hasta su ingreso en la etapa universitaria. Una de estas estrategias que nos proponemos transmitir es la de enseñar al alumno a “aprender holísticamente” y será, por tanto a los docentes a los que se le encomendará la tarea de entregar una enseñanza holística. Pero no se trata de una mera moda transitoria y, por ende, pasajera.

Ya en 1983, H. Gardner propone la existencia de las inteligencias múltiples en los individuos, dando al traste con el planteamiento de los sistemas educativos imperantes. Es decir, al concepto de inteligencia cognitiva más clásica lógico-matemática y lingüística, le añade la visual-espacial, corporal-cinestésica, la musical, la intrapersonal y la interpersonal. Posteriormente a estas suma una octava: la inteligencia naturalista.

En 1995, D. Goleman platea la inteligencia emocional como base para  explicar ¿Por qué no siempre el alumno más inteligente termina siendo el más exitoso? o ¿por qué unos son más capaces que otros para superar obstáculos y afrontar las dificultades como un reto? En la misma línea que, previamente lo había hecho Gardner, en 1997 añade la inteligencia naturalista. 

No podemos desdeñar los estudios de investigadores de la talla de S. Garnett o Uta Frith que acentúan la importancia de la neurociencia y su aplicación a la educación y en cuyas tesis defienden que todo docente debería saber cómo aprende el cerebro para acelerar y mejorar la calidad del aprendizaje. A partir de estas investigaciones basadas en la ciencia del cerebro, S. Kagan desarrollará sus estrategias de trabajo cooperativo que pretenden aportar interdependencia positiva, responsabilidad individual, participación equitativa, interacción simultánea. Es decir, favorecer las habilidades que se precisan para interactuar en la vida diaria: habilidades de trabajo en equipo, de resolución de problemas, de comunicación (capacidad de practicar la escucha activa, de expresar nuestras ideas y defender nuestro punto de vista, potenciar el  espíritu crítico).

 “La Educación del talento” por la que aboga J. A. Marina, plantea que el objetivo de la educación es desarrollar el talento, entendiendo por talento lo que él denomina la inteligencia generadora, “la que nos permite utilizar bien nuestras destrezas y capacidades para dirigir nuestra acción hacia una vida lograda”. En último término está íntimamente ligado a la consecución de un hábito y, como todos los hábitos, precisa de un trabajo sistemático para adquirirlo al igual que un músico precisa de un entrenamiento constante para poder dominar un instrumento.

Pero el problema radica en que todas las aportaciones anteriores precisan de un perfil de docente diferente al tradicional que basaba su tarea en plantear una clase magistral en la que toda la atención se focalizaba en el docente, no en el discente, y sin ofrecer la información en los diversos canales de aprendizaje que precisan sus alumnos. Tal como lo sintetiza Andreas Schleisher, coordinador del  Informe Pisa para la OCDE, “tenemos chicos del siglo XXI, con profesores del XX, en escuelas del XIX”.

Llegados a este punto, es obvio que el papel del docente debe ser cuestionarse ¿qué debe saber un ciudadano del siglo XXI? La respuesta supone tener en cuenta los dos ámbitos del proceso docente: la enseñanza y el aprendizaje y a los dos agentes implicados: profesor y alumno. ¿Qué debe conocer un profesor  para poder preparar a sus alumnos adecuadamente? Como hemos podido comprobar, el funcionamiento del cerebro humano y un  alto grado de conocimiento de todos y cada uno de sus alumnos para poder asegurar eficiencia y resultados.

Es necesario, pues, elaborar  un nuevo perfil de profesor que responda a las necesidades de la sociedad y, por tanto, de nuestros alumnos: un profesional altamente preparado (Formación continua, Generador de su propio autoaprendizaje); involucrado en el proceso de mejora de cada uno de sus alumnos (Interactúa con ellos dentro y fuera del aula, hace del éxito de cada alumno su propio éxito,  Potencia el proceso de investigación y afán de conocimiento de los alumnos) , es un entusiasta, (con clara predisposición a ayudar y aconsejar al alumno en su proceso madurativo personal), exigente porque es autoexigente, sabe trabajar en equipo, practica la escucha activa, es proactivo, sus objetivos están alineados con los objetivos del centro, modelo a seguir para sus alumnos, integra las TIC como una herramienta habitual en su quehacer diario, educa y forma con el ejemplo.

Es decir, como profesores, debemos ser capaces de que nuestros alumnos aprendan a aprender, individualmente y a ayudar a otros a hacerlo trabajando en equipo. El tipo de inteligencia que todos necesitamos ahora incluye ser capaces de implicarnos, de poseer la habilidad vital esencial para el siglo XXI que es la capacidad de afrontar dificultades y retos sin precedentes con calma e ingenio. Y que va mucho más allá de la habilidad intelectual o los conocimientos académicos que tengamos. Necesitamos cultivar la inteligencia y flexibilidad emocional, el ingenio y la reflexión para mejorar y hacer del aprendizaje continuo nuestros modus operandi, de tal manera que seamos capaces de sustituir con rapidez y garantías de éxito las normas educativas imperantes, basadas en enfoques estrechos y anticuados y sustituirlas por otras más innovadoras que hagan realidad nuestro lema “que decidan lo que decidan nuestros alumnos, estarán preparados”.