Un día con Joaquín Sorolla
Los niños del segundo curso de Educación Infantil pasaron recientemente un día inolvidable en la Casa de Joaquín Sorolla, una visita que habíamos estado preparando en clase durante la semana.
Al comenzar la visita, ellos y ellas ya sabían perfectamente que el artista nació en Valencia, que le llamaban el “pintor del mar” y que conoció a una bella joven llamada Clotilde con la que se casó y tuvo tres hijos, Joaquín, Clotilde y Elena. De éstos aprendimos que a los dos mayores les encantaba posar para que su papá les pintase, mientras que a Elena lo que le gustaba era hacer esculturas.
Además, también vimos que Sorolla, aparte de pintar hermosísimos cuadros, tenía otra gran pasión, las plantas, y, por eso, en la entrada de su casa había un gran jardín que él mismo cuidaba con devoción todos los días.
De igual forma, vimos en su estudio qué materiales usaba el pintor para crear sus obras, como que pintaba sobre un lienzo o que utilizaba paleta, un pincel y un soporte llamado caballete.
Tras estas explicaciones, Joaquín ya era casi un miembro más de familia para los alumnos y estaban preparados para realizar la esperada visita. Cuándo el momento llegó estábamos todos entusiasmados y nuestras expectativas se vieron plenamente colmadas. Todos lo pasamos fenomenal y contemplamos los cuadros sin perder detalle alguno y disfrutándolos todos juntos. Incluso algunos de ellos reconocían algunas de las pinturas al verlas como, por ejemplo, “El baño del caballo”, que llamó muchísimo su atención.
También disfrutaron de lo lindo recorriendo las dependencias de la casa,
dónde daba la impresión que esperaban encontrar al propio pintor en cualquier
momento al entrar en alguno de los cuartos. Incluso nos enseñaron unas lámparas
de Tiffany’s que habían sido traídas directamente de Nueva York tras haber sido
cambiadas por el pintor por uno de sus lienzos.
Nuestro paseo por el jardín también fue fascinante. Sorolla amaba el mar de su Valencia natal y ello lo llevó a rodearse de fuentes y agua. El guía nos mostró también un hermoso árbol con hojas con forma de corazón que el artista había regalado a Clotilde, pero ninguno de los niños llegó a fijarse porque estaban entonces ocupadísimos viendo cómo los gorriones se bañaban en las fuentes.
Cuando salíamos de la casa me fijé en que muchos de los alumnos estaban mirando a las ventanas del piso superior con la esperanza de ver por un instante al propietario de la casa, al siempre esperado Joaquín. Su imaginación estaba desbordada y el arte había cobrado vida para ellos.
No satisfechos sólo con la visita al museo, nos trajimos al colegio las guías que allí nos habían dado para aprovecharlas para pintar. Dibujamos unos fondos y les pegamos encima recortes coloridos de muchas de las obras de Sorolla. Por supuesto, muchos de los niños y niñas escogieron “El baño del caballo” y ahora tienen su propio “sorolla” para colgar en la pared de su cuarto.
Gracias, Sorolla, por dejarnos pasar un día emocionante a tu lado, al de tu familia y al de tus obras.


